VICENTE FERRER.

El apóstol de los pobres

Vicente Ferrer es un santo contemporáneo. Puede resultar tópico pero no hay dos adjetivos que cuadren mejor a este apóstol de los desheredados, místico con los pies en la tierra que ha dejado ya una huella imborrable y de cuyo nombre España, con toda probabilidad, se sentirá orgullosa durante siglos.

Valenciano de origen, hijo de padre aventurero que hizo las Américas en los años veinte, el pequeño Vicente vivió su infancia en un ingenio cubano. De tradición familiar anarquista, seguramente le impresionó la singular experiencia entre bucólica y esclava de los azucareros, pero apenas tuvo tiempo de asimilarlo pues joven aún volvió con su familia a Barcelona.

La capital catalana era un hervidero bullicioso en los años treinta. Vicent es un pandillero del Barrio Chino que tras las risas con los amigos y las bromas escabrosas con las prostitutas se refugia en la catedral en busca de un diálogo más trascendental. El rezo del Angelus  enciende su espíritu. Se aísla del mundo. Medita.

Cuando estalla la guerra es llamado a filas. Combatirá en la 60 División republicana, de férrea disciplina comunista. En el frente del Ebro conoce el horror del cuerpo a cuerpo, la crueldad inaudita de los fusilamientos, el desprecio por la vida humana. La repugnancia que siente le lleva, como a Íñigo de Loyola, a encontrar su vocación religiosa. Ya no hay freno a su transformación. Acabada la guerra, toma el hábito jesuíta en el convento de Veruela, antiguo monasterio benedictino hasta la Desamortización. Allí se entrega a la vida contemplativa sin reservas aunque su alma anhela algo más.

Su destino como profesor le frustra hasta que llega lo que está deseando. Las misiones. La India, por fin. En Bombay le dolerá el oasis de confort de su residencia espartana, sus privilegios de blanco, Deja la gran urbe y comienza su revolución silenciosa en todo el ámbito del Maharashtra. Ayuda a construir pozos y escuelas, consigue bueyes y arados, cosecha las primeras suspicacias oficiales. En 1968 es expulsado por la policía. El Gobierno desconfía de un europeo cristiano que intenta redimir a los intocables.

Sin embargo, la persecución oficial provoca una oleada de apoyo y fervor..

El caso del "santo del Manmad" salta a los periódicos. Mientras tanto, el padre Ferrer vuelve a España y proclama, en el teatro Lara de Madrid que la "teología no son los libros sino la vida". Hasta Franco lo invita a El Pardo y tras escucharle con atención su defensa de los pobres le contesta lacónico que "el dinero también corrompe".

Por fin Indira Ghandi cede a las presiones y le deja volver. Ahora su proyecto es más amplio. Un reto más ambicioso cuyo objetivo es el hombre y la tierra. Organiza The Rural Development Trust, un proyecto de desarrollo integral con campañas masivas de vacunación, formación sanitaria y desarrollo agrícola de los parias. También recoge a los naúfragos hippies de Goa y Hampy, aquellos jóvenes idealistas de los sesenta y setenta que perdieron su identidad y hasta la salud mental entre estupefacientes, miseria y visiones místicas. El padre Ferrer construyó un rudimentario bungalow de peregrinos. Unos de los primeros huéspedes fue un joven español de personalidad arrolladora. Le llamaban El Pantera, era un caíd de la droga que llegó hecho una piltrafa, apaleado por una banda rival. Se llamaba Alejandro Vallejo-Nájera.

La secretaria de la organización, Anne Rice, era una joven británica de 21 años entregada al la causa, dulce y comprensiva. Surgió el amor entre la joven y el misionero y en 1969 un pastor protestante les casó. El conflicto que provocó en la orden jesuita no les impidió fundar una familia que ha seguido dedicada a labor iniciada por Vicente Ferrer hace ya medio siglo. Si es que existe un cielo donde el dios de los hindúes y los católicos son hermanos, allí tendrá plaza reservada esta admirable pareja.

IGNACIO MERINO

http://elmundolibro.elmundo.es/elmundolibro/2000/06/09/anticuario/960314597.html